
Haití, uno de los países más pobres del mundo, es uno de los más densamente poblados y tiene algunos de los mayores índices de deforestación del planeta.
Todo esto lo hace particularmente vulnerable a tormentas como Jeanne, que ha causado más de 600 muertes.
Uno de los factores fundamentales que contribuyó a la deforestación fue la tala de árboles por parte de agricultores que buscaban expandir sus tierras cultivables. La situación ha empeorado porque, debido a la pobreza, muchos haitianos necesitan madera para combustible o para venderla.
Cuando llueve copiosamente en zonas donde no hay árboles ni raíces, las corrientes de agua terminan arrastrando la tierra. De esta manera, se desintegran las márgenes de los ríos y no existen barreras naturales que detengan el avance del agua.
La situación en Haití no es única y constituye un triste recordatorio de cómo los seres humanos pueden afectar negativamente a su entorno natural y, como consecuencia, a sus propias vidas.